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Un paso por delante de Wall Street

En el post de hoy, aprovecho la ocasión para analizar uno de los grandes clásicos de la literatura bursátil que Ediciones Deusto nos trajo traducido en 2015 a los amantes de la bolsa: Un paso por delante de Wall Street, del magnífico Peter Lynch. Y que, por cierto, me lo regaló una persona muy especial en las navidades de aquel año.


Su autor es licenciado en Humanidades por el Boston College. Durante su último año de universidad, se presentó a unas prácticas de verano en Fidelity, la firma a la que estaría ligado durante toda su vida profesional, a sugerencia del propio presidente de la compañía. Peter Lynch trabajaba como caddy para pagarse los estudios y ahí fue donde le conoció. Tras acabar la carrera, hizo un MBA en la Wharton School. Entre los años 1977 y 1990, gestionó el fondo de inversión Fidelity Magellan, consiguiendo un retorno anual cercano al 30 % y convirtiéndose en un auténtico mito de Wall Street.


De la primera parte del libro, más centrada en la vida personal del autor, destaco varias reflexiones similares a las de otros grandes de la inversión en valor, como Paramés, pero no muy interiorizadas en el seno del sector financiero o de las escuelas de negocios.

"En la universidad evité siempre que pude las ciencias, las matemáticas y la contabilidad (...) Cuando lo pienso ahora me doy cuenta de que la historia y la filosofía son una preparación mucho mejor para la Bolsa que, pongamos, la estadística. Invertir en Bolsa es un arte, no una ciencia, y la gente que se ha formado para cuantificarlo todo rígidamente tiene una gran desventaja"

Sin poder coincidir al 100 % con él, sí lo hago en su mayor parte porque sé hacia dónde va orientada la crítica y a lo que se refiere. Afirmaciones como estas las podemos leer también en Invirtiendo a largo plazo, que será analizado próximamente en el blog, donde se destaca el error de aplicar los métodos de las ciencias naturales a las ciencias sociales. Peter Lynch finaliza la primera parte con una serie de ideas que debemos recordar como inversores entre las que destaco la inutilidad de tratar de predecir la evolución de la economía y la dirección del mercado a corto plazo. El autor también se muestra crítico con lo aprendido en el MBA, muy centrado en lo cuantitativo y en las habituales teorías del mercado eficiente o el random walk, que poco o nada tenía que ver con su primera experiencia laboral como analista bursátil. El gran abismo entre la teoría y la práctica.

Las seis categorías de acciones

En la segunda parte del libro, Escoger a las ganadoras, ya nos metemos en faena y podemos disfrutar de la mejor sección de todas. 

Lynch es un defensor de invertir en lo conocido, ya sea como consumidores o porque trabajemos en algo relacionado con ello. Dice, por ejemplo, que es un error que los médicos estén preocupados por acciones petroleras en vez de sacar ventaja de sus conocimientos en medicamentos y que incluso él mismo se perdió la gran subida bursátil de las gestoras de fondos de inversión, cuando estaba viviendo en sus propias carnes el auge del sector financiero durante la década de los ochenta.

Para comenzar a trabajar, divide las acciones en seis categorías. Esto es importante para saber qué se puede esperar de cada categoría de acciones y evitar reglas estúpidas y genéricas del estilo vende cuando haya duplicado su valor. Igual que tenemos que interiorizar los cuatro tipo de ventajas competitivas que vimos en El pequeño libro que genera riqueza (activos intangibles, costes de sustitución, efecto red y ventajas de costes), sería importante tener en mente también estas seis categorías de acciones:

  • De bajo crecimiento: empresas como las eléctricas, con un negocio estable, generación de caja, dividendo generoso y pocas expectativas de crecimiento. De hecho, reparten buenos dividendos porque no encuentran qué hacer con el dinero para ampliar la empresa. Un ejemplo en nuestro mercado nacional podría ser Iberdrola. Lleva moviéndose casi dos años en un rango de apenas 1,5 euros. Desde la recuperación del mercado en 2012 ha tardado casi cuatro años en duplicar su valor. A Lynch no le gusta tener esta clase de acciones en cartera.


  • Estables: son esas clásicas compañías grandes y consolidadas que todo el mundo conoce y en donde la única clave radica en comprarlas a un buen precio (Coca-Cola, P&G, etc.). La idea es obtener rendimientos cercanos al 30% o al 50% en un par de años y venderlas. Y repetir la estrategia con otras del mismo tipo que todavía no se hayan revalorizado. El autor siempre tiene alguna acción estable en cartera como protección ante escenarios recesivos.


  • De alto crecimiento: empresas nuevas, pequeñas y agresivas de las que se esperan crecimientos cercanos al 25% anual. Bien elegidas, es lo que Peter Lynch llama 10-baggers (acciones que multiplican por 10 su valor desde la fecha de compra). No tienen por qué pertenecer a un sector de alto crecimiento. Buscarlas con balances sólidos y que cosechen beneficios.


  • Cíclicas: todas aquellas cuyas ventas y beneficios suben y bajan de forma regular, como pueden ser las petroleras (aunque él no las cita), automóviles, aerolíneas, acereras, etc. La clave radica, lógicamente, en comprarlas en el punto exacto del ciclo o se puede perder mucho dinero con ellas. El momento lo es todo. Al ser empresas también grandes y conocidas mucha gente las confunde con las estables.


  • Recuperables: empresas al borde de la extinción y sin ningún crecimiento. En mi opinión, mucho cuidado con esta categoría porque ya sabemos lo que le pasa al inversor de a pie cuando jugamos a los adivinos. Lynch las divide en rescátanos o estamos listos (me vienen a la cabeza Bankia o AIG), quién lo hubiera pensado (podría ser, salvando las distancias, el caso Volkswagen) y pequeño problema que no estaba previsto (algo catastrófico que daña seriamente a la compañía). En esta categoría pueden también aparecer empresas que lo están haciendo mal por haber perdido el norte, lo que él llama diempeoración o diworsification (que vendría a ser que Telepizza se metiese en el negocio de los aerogeneradores). Estas últimas me gustan más porque sólo tienen que volver a centrarse en su actividad recurrente para crecer de nuevo.


  • De activo oculto: cuando tienen algo valioso que pocos conocen. Por resumir, imagine una empresa que cotiza a 10 euros y tiene emitidas cinco millones de acciones. El valor bursátil de nuestra compañía ficticia sería de 50 millones de euros. Si yo le digo que sólo el rascacielos donde tiene su sede central está valorado en 100 millones de euros, lo que tenemos es un chollo. Para mí, la categoría más difícil de analizar.
Sea cual sea la categoría de la compañía, Lynch sólo busca una cosa en ellas: beneficios, beneficios, beneficios. Tiene un capítulo dedicado en exclusiva a los beneficios y a sus populares gráficos en los que superpone la cotización con los beneficios de la compañía (y que Paramés replicó en Bestinver). No le preocupa la estimación mediante complicados cálculos estadísticos de los beneficios futuros y acertadamente señala que la palabra más próxima a "beneficio" suele ser la palabra "sorpresa". Como analistas sólo debemos preguntarnos cómo piensa seguir aumentando beneficios la compañía: reducir costes, subir precios, expandirse hacia nuevos mercados, vender más en los mismos mercados o liquidar líneas de negocio improductivas. A partir de ahí, es ir comprobando que la compañía vaya cumpliendo la historia.

Además, independientemente de cómo clasifiquemos el valor, aconseja evitar todos aquellos que estén de moda en un sector de moda y con la publicidad más favorable. También en este saco podríamos meter a los futuros recuperables: compañías que aprovechan su bonanza y exceso de liquidez para comenzar a comprar a precios excesivos negocios que no entienden (diempeoración) y que acaban malvendiendo en el futuro. Otro aspecto importante de los valores a evitar es aquellos que dependen de uno o pocos clientes. Si yo vivo de un sólo cliente pueden pasar dos cosas: que el cliente deje de trabajar conmigo y tenga que cerrar el negocio o que el propio cliente, en clara posición de superioridad, sea el que me marque cuánto quiere pagar bajo la amenaza de largarse. Igual que compañías con un elevado porcentaje de deuda financiera son títeres del banco, una empresa que vive de pocos clientes está a merced de sus exigencias. Vital comprobar este último punto.

El valor perfecto

Uno de los capítulos más divertidos del libro, dentro de que todos están escritos con tono de humor. Además, incluye muchos ejemplos de compañías y anécdotas relacionadas con la investigación de variopintas cotizadas e incluso cómo conoció a sus extraños directivos. En resumen, el valor perfecto dista mucho de lo que usted y yo podemos considerar como perfecto. Es precisamente todo lo contrario.

"Cuando alguien dice que cualquier idiota podría llevar este negocio, es un punto a favor para mí, pues probablemente tarde o temprano algún idiota terminará llevando el negocio"

El valor pefecto debe de tener un nombre aburrido, o mejor aún, ridículo. Como dice Lynch, a todos se nos llenaría la boca hablando en un evento social de que tenemos en cartera a GeneSplice International. Sin embargo, no sacaríamos mucho pecho entre amigos, familiares, clientes o compañeros de profesión si tenemos acciones de Bob Evans Farms o Manny, Moe & Jack en cartera.

Pero, como es de esperar, no vamos a conseguir una 10-bagger con un nombre gracioso. La compañía también tiene que hacer algo aburrido (fabricar latas o alquilar coches de sustitución), desagradable (tratamiento de residuos y aguas fecales) o deprimente (negocio funerario).

Es preferible que sea una escisión, esté en un sector sin crecimiento, ofreciendo algo que siempre vamos a necesitar comprar y que, por supuesto, no esté en la cartera de ningún institucional ni sea seguida por ningún analista. Esto último es más difícil en mercados pequeños, como el español.

Otra de las características que hacen perfecto un valor es descubrir si tiene algún nicho. Como ve, también aquí aparece el concepto de moat, popularizado por Warren Buffett. Y pone el mismo ejemplo que Pat Dorsey en su libro, al hablar del poder de una cantera para desarrollar su negocio en el área local sin miedo a la competencia (ya que el coste del transporte se comería el beneficio de su competidor más cercano).

El broche lo pondría que la gente de dentro de la empresa compre sus acciones y que la misma compañía haga lo propio. Esto último es lo que se conoce como autocartera y tiene el efecto contrario a la dilución del accionista. Respecto al primer punto, en Estados Unidos es más fácil seguir los movimientos de los insiders, ya que cuando alguna persona con un cargo relevante en la empresa va a comprar acciones debe rellenar un formulario que se presenta en la SEC (la CNMV americana). Años de ventaja.

Conclusiones

Sin comerme mucho la cabeza, tiraré de la contraportada para resumir en una frase lo que opino de la obra de Peter Lynch: el libro de cabecera de los mejores inversores. Un libro ameno y divertido que te hace ver que no necesitas la certificación CFA y trabajar en el departamento de análisis de renta variable de Morgan Stanley para entender qué es un buen negocio y qué no.

Da unos consejos muy útiles tanto para clasificar las compañías como para saber qué podemos esperar de cada de una de ellas en función de su categoría: lista de comprobación final, diseño de la cartera y cuándo comprar o vender.

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